lunes, 19 de septiembre de 2016

Compañía incondicional.

Escrito por: Demian Guerrero.

Siempre estuviste ahí en los momentos más duros
En los que me preguntaba si en mi cayó un conjuro.
Siempre  estuviste ahí pese a toda adversidad,
pese a que mi vida se había vuelto una total calamidad.

Siempre estuviste ahí como la luz que se asoma
Que ilumina a esta estática y derrumbada Roma
Que reclama reciclada, desgastada y monocroma
Un aventurado misterioso que devino en un axioma.

Altero tosco o burlesco cierto sentido del discurso,
por disperso que pueda aparentar este cruento giro,
inconexo, diédrico, inexperto además de adverso es este desvarío,
experimental mas convenientemente amétrico han vuelto estos versos el curso... De lo que digo.


Siempre estuviste ahí como una fiel colega
Aunque de esas dejé de tener cuando me rajaron del laburo
Siempre estuviste ahí, cual alma que firme se entrega
A un amor que por situación económica nadie le vería futuro.

Siempre estuviste ahí en la enfermedad y la salud,
Aunque la peste que me agarré me tiene rozando el ataúd,
Y en estos días donde ya no espero más que muerte
Me pregunto, ¿no me habrás traído vos mala suerte?

domingo, 28 de junio de 2015

Amor moderno.

Amor moderno.

Escrito por: Demian Guerrero.

Nuestra pasión resulta pirotécnica,
nuestro interés mutuo es biológico,
nuestro amor tiene mucha técnica,
y por eso lo definimos como tecnológico.

Cuánta música hemos juntos disfrutado,
cuántas conversaciones sin inventos,
cuántas noches nos hemos desvelado,
porque con velas ya no cuento.

El profesor me reta en la escuela,
cuando te toco ilimitadamente,
pero siempre lo hago con cautela,
porque te recalentás rápidamente.

Aunque odio cuando empezás a apagarte,
nuestra relación es tan estelar,
que solo basta con enchufarte,
¡cómo te amo, cómo te amo celular!

lunes, 25 de mayo de 2015

Creación recíproca.

Creación recíproca.

Escrito por: Demian Guerrero.
Ilustrado por: Mena.

En ésta pasarela de parafraseo y mágicos adornos
muchos se han desnudado ante la presencia de los demás,
y éstos se han negando siempre a aceptar la gran belleza de aquellos,
porque querían seguir creyendo que el resto del mundo era un lindo lugar.
Veremos qué sucede.
Mis dedos se deslizan. Pulsan. Cada orgasmo llega a destino y ya te veo crecer.

Perdón por querer traerte hasta aquí, pero la soledad colmó mi paciencia.
No te sientas un mero objeto, no te moldaré como tal.
Comed y leed todos de él.
Irrumpiste en mi consciencia, la estigmatizaste en su interior,
interpretaste mis quimeras como jamás había idealizado,
y así, por esa absurda crueldad, me desvelé hasta no tener noción,
hasta no tener noción de cuando empezó el sueño, cuando cursé la realidad
ni de cuándo comencé esta escritura. Tu escritura.
Cuando mires a lo alto y distingas un cielo trasparente,
cuando mires más allá, y mis ojos ya se habrán abierto. Y te van a estar mirando.
Serás mi yo exterior (mi interior superficial).
Podrías ser todo lo que detesto o todo lo que anhelo,
lo que amo en una noche y me aburre al día siguiente, ¿Lo rechazas?
Te construí con mis costillas, y ahora te desarrollas a tu conveniencia.
Me convierto al final en un simple siervo. Un simple siervo de mi creación.
Cumplís mis más sublimes deseos, estás viajando en mis más profundas pesadillas,
y en melancolía me percato de que ambas cosas suelen ser lo mismo.
Ya a esta altura debería saberlo y localizar la piedra que nos hace tropezar siempre,
debería, antes de desarmarme y reconstruirme, recordar donde iba cada pieza,
recordar, claramente, donde encajaba mi corazón. Si es que tenía uno.
Sólo a espero que esa mano, la cual te injerte delicadamente, me levante.

Mis ojos no paran de brillar ante el colosal espectáculo.
Te veo saliendo de mi mente, y es una hermosa secuencia,
colores “fluor” que al entreverlos se mueven, se mezclan, se materializan
y al final se confunden con la niebla de tanta nostalgia e ideas olvidadas.
Lástima verte tan molesto. No me pidas que deje de escribirte.
Sé que sí hay bastantes en realidad ahí, delante mío, dispuestos a escucharme,
dispuestos a admirar esa gran belleza,
y contrastarla con el suplicio de su existir para hacerlo más apacible.
Pero entiendo, los personajes deben salir de la cabeza de un escritor,
porque su fuerza imparable no permite que se mantengan en cautiverio,
esos animales nómadas sólo esperan otras mentes en las cuales refugiarse,
y quién sabe cuando decidirán dejarla en libertad... Si es que lo deciden.

viernes, 13 de marzo de 2015

O

Escrito por: Mena
Ilustrado por: Mena.

—¿“O”?... ¿Y qué clase de nombre es “O”?
—Mi nombre nomás —respondió el pequeño “O” sin dejar de moverse de un lado para otro.
—Pero “O”… ¿Qué significa eso?
“O” se encogió de hombros y retrucó:
—“O” es “O”. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Pues Marcos.
—¿Y qué significa Marcos? ¿Ah?
—¿Y qué se yo? Por lo menos Marcos, para que sepas, es un nombre real, que la gente usa. No como “O”…
—Pero… dime, ¿no sabes que si repites tu nombre muchas veces, al final resulta que no significa nada? Hazlo, hazlo —“O” comenzó a saltar en torno del hombre. Este, fastidiado, repitió su nombre unas cuantas veces. —¿Ves? —insistió “O”—. Ahora Marcos no significa nada. Mi nombre, en cambio, es más económico. No tengo que usar tantas letras para repetirlo tantas veces como el tuyo. Escucha. “O”, “O”, “O”, “O”, “O”…
—¡Basta!, basta. Qué importa cómo te llames…
—Pero fuiste tú quién empezó. Yo siempre me he llamado “O” y no he hecho nunca gran cosa de ello. Lo mismo podría llamarme…
—¡Termina de una vez! —Marcos zarandeó al muchachito y luego lo tiró contra la pared. “O”, no obstante, pareció divertido con aquello y de nuevo empezó a saltar de un lado para otro, riendo como un salvaje. Marcos lo detuvo. Inspiró profundamente buscando la calma y acercó su rostro al de “O”. Con un tono calmado le dijo—: Escúchame, “O”. Me dijeron que aquí encontraría a la persona adecuada y… y solo te encontré a ti —“O” sonrió. Parecía distraído. Marcos insistió—: Por favor, niño. Mi hija se está muriendo. Me he gastado hasta lo que no tenía para venir a este lugar y encontrar a…
—¡Pero ya lo hiciste, tonto! —interrumpió “O”, zafándose de las manos de Marcos. Hizo una voltereta y se sentó sobre un mueble abandonado— ¡Yo soy al que buscas! Tú eres Marcos, el padre de la hija que se muere. ¡Lo sé, lo sé! Y yo soy “O”. ¿Por qué la confusión? Eres extraño, Marcos…
Marcos perdió la paciencia. Ya no quería ser delicado con el niño. No tenía tiempo que perder en diálogos sin sentido. Se abalanzó sobre “O”. Pero “O” fue más rápido y saltó a un lado.
—Pequeño demon… —maldijo Marcos— Te voy a zurrar que no vas a sentarte en…
—Ahora vuelves a estar cucú —“O” no dejaba de moverse por la habitación mientras giraba su dedo índice contra la sien—. ¿Quieres mi ayuda o no? ¿Viniste a buscarme o no? ¿Está tu hija Alicia enferma con la Pérdida o no?... —Marcos se detuvo en seco. Su expresión era entre horrorizada y desconcertada. “O” también se detuvo y colocó las manos a su espalda. Como un niño travieso pillado in fraganti. Se veía aún más menudo—: Ah, ¿ves? Ahora empiezas a creerme. No te sientas así. Suele pasar. Supongo que los hijos son importantes, ¿no? A mí me hubiera gustado ser el hijo de alguien. Debe ser bueno…
—Tú… tú… —Marcos no sabía qué decir. Le habían hablado de alguien que podía salvar a su hija. De alguien poderoso y benévolo. Alguien sabio. Y lo que tenía ante sí era a un niño imposible de no más de ocho años, mal nutrido, sucio, fastidioso, vestido con un desgarbado taparrabos, y con un nombre aún más imposible.
—La Pérdida… —murmuró “O” y se rascó la entrepierna.
—Esto tiene que ser una broma… —Marcos negaba con la cabeza. Desde el inicio de la enfermedad de su hija, había removido cielo y tierra en busca de la cura. Había vendido todas sus posesiones, empeñado lo que ya no tenía. Incluso su mujer le había dejado marchándose junto a los otros dos hijos. Había hecho todo lo humanamente posible para salvar a la pequeña Alicia y ahora, frente a su última posibilidad, solo se encontraba con una esperanza fútil que lo había alejado de su querida hija en la hora más crítica. La Pérdida se la llevaba y él perdía su tiempo con un niño inútil. ¿Cómo lo habían podido engañar así? ¿Qué nueva crueldad era esta? ¿Es que la Pérdida se estaba llevando lo poco de humano que aun había en las personas? Se dejó caer arrastrando su espalda por la pared hasta quedar sentado en el húmedo suelo. Lloró. Lloró con tal amargura que “O”, enfrascado en sacarse un moco de la nariz, lo miró en silencio y luego se acercó a él. Sus diminutos pies descalzos apenas sonaban al dar cada paso. Marcos no notó su cercanía hasta que la mano del niño mesó sus cabellos. Era un gesto nimio, tímido. El gesto de alguien que nunca había recibido amor, pero que estaba dispuesto a darlo por montones. Era “O”, cuyos finos dedos manchados acariciaron el cuero cabelludo de Marcos, transmitiéndole una sedante sensación de quietud, de dejarlo ir. A pesar de estar ante un niñito, Marcos mismo se sintió aún más pequeño y desprotegido. Alzó la vista. Los ojos grandes y negros de “O” le miraban piadosamente. El cuerpo del hombre se estremeció y gritó desgarradoramente al tiempo que hundía su cara en el pecho de “O”. Éste le acogió con ternura. Le sostuvo contra su cuerpo mientras el hombre se desahogaba.
—Alicia, mi Alicia. No quiero perderla. No, no… —gemía entrecortadamente.
—La Pérdida, Marcos… —musitó “O” y le besó los cabellos. También lloraba ahora. Las lágrimas dibujaban surcos en sus sucias mejillas—. La Pérdida… —agregó inclinando su cabeza sobre la de Marcos.
—Se… se suponía que tú… que tú… —Marcos se incorporó, tomando las manos del niñito con las suyas—. Perdóname, niño. Disculpa… debo irme.
Hizo ademán de ponerse en pie.
—Espera —le ordenó “O”. Su voz sonó tan firme que Marcos no se movió—: Viniste aquí buscando ayuda, pero la verdad es que no sabías qué clase de ayuda querías. Ahora debes saberlo. No has buscado ayuda para tu hija Alicia. La buscas para ti mismo.
—No, yo no… —intentó corregir Marcos.
—Schhh… Escucha… —“O” se sentó a horcajadas sobre las piernas de Marcos y ahora él le estrechó sus manos—: La Pérdida… La Pérdida se coló entre nuestros sueños para enseñarnos algo. No nos quita, como uno pudiera pensar por su nombre… ¿No te dije que los nombres poco significan? La Pérdida nos hace ganar. Nos hace atesorar todo lo hermoso que con tanta prodigalidad hemos desperdiciado. Mira a tu hija Alicia. Cada vez se abandona más la Pérdida. No puedes hacer nada para impedirlo. Nadie puede. Yo no puedo. Aún así, has venido a mí. Un pobre niño en el extremo del mundo, donde los niños son poco más que la basura al costado del camino. Querías encontrar un gran sabio. Quizá rodeado de sabiduría y ciencia y erudición; y ¿qué has encontrado? A “O”, que no vale ni el taparrabos que lleva encima. Pero has encontrado algo más valioso. Algo que nadie podrá quitarte nunca. Has encontrado el amor… —Marcos volvió a sollozar, bajando la vista. “O” levantó su rostro con ambas manitas y continuó—: No te habías dado cuenta, pero todo este tiempo has buscado tu sanación… Porque mientras la Pérdida se lleva a tu Alicia y sientes que tu corazón se quiebra; tus actos, tu amor, tu viaje por todo el mundo son la retribución y amas aún más a tu Alicia y comprendes que la Pérdida solo te ha devuelto un corazón aún más fuerte y decidido.
»Sí. Y ese mismo corazón reformado lo llevarás de vuelta a tu hogar y acunarás a tu hija para que ella se sumerja en la Pérdida entre los brazos de su padre. Y recuperarás a tu esposa y  tus otros hijos y también los sanarás porque también estarán quebrados. Cuando todos los que aman a Alicia estén rodeados de la oscuridad, tú traerás la luz y la corta vida de tu Alicia será un hermoso canto, un indecible amor que te arrullará y entibiará tu camino y el de quienes la conocieron… Debes dejarla partir, ésa es la enseñanza primera. Déjala irse tranquila con un beso.
»¿Puedes afrontar eso?... Claro que puedes. Claro…
La voz del mismo “O” se quebró en este punto, conmovido por la presencia de Marcos, por la Pérdida, por el mundo entero.
—¿Y tú? —La voz de Marcos era serena y bondadosa—. ¿Qué hay para el pequeño “O” en todo esto?
“O” le miró. Sus ojos titilaban entre las lágrimas contenidas. Sonrió.
—Yo ya he ganado todo. Esto… estar en tus brazos como un hijo. Poder consolarte. Poder amarte.
—Hijo mío, pequeño “O”… —Marcos lo estrechó contra sí y se balanceó, acunándolo—. Perdóname por mis groserías. ¿Te hice daño? Perdóname, por favor.
“O” se apretujó contra el cuerpo de Marcos. Luego se apartó y dio un par de volteretas, sonriendo. Volvió a escarbarse la nariz, mientras repetía “O”, “O”, “O”…
Pronto el hombre partiría, reconfortado, camino de su curación. “O” quedaría ahí, escabulléndose entre las calles, siempre furtivo —y, no obstante, gozoso—, el pequeño hijo sin padre, hijo de nadie y de todo; siempre dispuesto a retribuir el dolor con el amor, el sufrimiento con la alegría, la Pérdida con la Ganancia.

jueves, 26 de febrero de 2015

Carta del olvido.

Escrito por: Demian Guerrero.

Carta del olvido.



29 de Agosto, 2014. Capital Federal (Buenos Aires, Argentina).

Querida madre: Sé que ya pasó mucho tiempo de nuestro último encuentro, y juro que ni siquiera haciendo voluntad me podría acordar de hace cuanto tiempo no nos vemos. Esto directamente vinculado con mi alzheimer ya desarrollado.
Recuerdo cuando me agarró el alzheimer, por suerte me zafé enseguida. ¡Cómo pasa el tiempo! Ya pasaron 5 años de los acontecimientos de ese hecho, ¿o eran 55? Bueno, por ahí. Yo estaba junto a Juana, ¡qué muchacha esa! No importa qué tan grave sea mi enfermedad, puedo recordar perfectamente, como si lo estuviera viviendo, el momento en que estaba en su casa -Situado en un barrio del Conurubano, era un hogar humilde que albergaba a su familia, perteneciente a una clase muy baja, el lugar consistía de dos ambientes y adentro convivían como 9 personas, de 1 metro 30 cada una (era una clase muy baja)- y ahí la invité a salir... No me quedaba otra, ya me estaba asfixiando dentro.
Claro, lo que sucede es que en esa época (y ésto va para el examen) las casas estaban hechas de rocas, bueno... Por lo menos esa si lo estaba, ¡no, no! En realidad todas. Era un decreto de un presidente, no me acuerdo como se llamaba... Jul-Julio Argentino Roca, caso inusual porque él nació Octubre. Además, era también bailarín de ballet... Sí, Julio Roca. Entre otras curiosidades que te puedo contar está que él era un aficionado a una corriente musical: La sonata barroca (aunque él también se permitía disfrutar del Rock&Roll), y que murió por diabetes, el desdichado consumió en menos de dos horas 50 litros de una línea de gaseosas que él mismo había fundado: Roca-Cola.
Dado este hecho tan autoritario de obligar a las personas a construír a base de rocas, había muchos debates en línea por esa época, aunque albergaban personas bastante desalineadas, desde futbolistas con equipos sin alineación, mujeres que abusaban del delineador, hombres que tejían con lineros ¡Y se hablaban por “Line”! Pero bueno, yo siempre pensé que estaba bien porque, en el entorno de la Guerra Fría, las piedras sinceramente brindaban cierto calorcito. Y además jurídicamente hablando, estaba entre los marcos legales.
Y esto me lleva a lo que me trae a escribirte, para no descarrilarse del eje, yo me dirigía a... A... ¡Ah! Bueno, mirá viejo, la cosa es así, obtuve por fin mi ansiado título, aunque siempre los profesores decían que el diploma no lo necesitaba para probar nada, que ya nací para ser un indiscutible abogado, porque no gano en ninguna discusión. Y entre los promocionados hicimos una fiesta, pero, al salir de ahí, olvidé... Olvidé... ¿Qué olvidé? ¡Me olvidé! ¡ME OLVIDÉ!... Me olvidé completamente la ubicación de mi departamento. Por lo que necesito que la respuesta a esta carta sea inmediata, porque ando varado en la calle, y también por otra cuestión que estoy pasando por alto... Ahhh, y... ¡Ay! Ahí hay unas anotaciones que debo llevar urgentemente a la sala de cirugía para poder realizar una operación debidamente. ¿Te imaginás todo el embrollo que se formaría a partir de una mala praxis? ¡Una vez estuve en una de esas situaciones embarazosas con mi compañera, Stephanie Praxis! ¡Qué mala esta Praxis! Yo siempre le digo al bich— le digo el dicho, cuando falla, “¡la tercera es la vencida!”, e insiste en pasarme la tercer jeringa. Cargamos con seis muertos ya, y no le podemos echar la culpa eternamente al calentamiento global, ¡se van a dar cuenta! No hay con qué darle, ya es un problema de la educación que le fue proporcionada, teniendo en cuenta que viene de una familia de gente tan acomodada, ¡cómo me indigna esa gente! No hay muchas personas que se ganen mi odio, pero a ellos lo tengo entre ceja y ceja... Si tan solo pudiese acordarme de quienes son.


No quiero quitarte más tiempo. Querido Faustino, amigo, espero que te mejores, que puedas continuar con el amor de tu vida, y que tu esposa no se entere. Espero vernos pronto ¿Eh? Yo necesito seguir acomodando mis muebles y decorando la casa. ¡Un abrazo enorme, feliz navidad y un próspero año nuevo!

jueves, 15 de enero de 2015

Úselo

Escrito e ilustrado por Mena

Tras cinco horas de infructuosos intentos, el hombre seguía silencioso, con la vista clavada en el vacío.
El interrogador caminó en derredor del hombre, marcando los pasos con insistencia; frustrado, contrariado. En un bolsillo, el trozo de papel garrapateado por aquella mujer extraña.
Úselo, le había musitado ella antes de desaparecer entre la muchedumbre que huía. ¿Se refería a usarlo aquí, con este obstinado hombre?
Parecía una idea absurda. ¡Era una idea estúpida!... pero los acontecimientos de los últimos seis días volvían posible hasta lo más disparatado.
Se detuvo a espaldas del hombre. Sacó el trozo de papel. Lo estiró con los dedos manchados. Intentó leerlo, pero nuevamente no encontró sentido en los garabatos trazados.

Úselo, dijo ella. ¿Por qué no? Tras cinco horas de infructuosos intentos, ¿qué más daba?
Se inclinó sobre el hombre y le plantó el trozo de papel frente a su cara. Tal vez ocurriese algo… los acontecimientos de los últimos seis… ¡El hombre se envaró! El interrogador saltó hacia atrás. El trozo de papel garrapateado por aquella mujer extraña se deslizó de sus dedos. El hombre habló…

¿Ha visto una polilla debatiéndose entre las redes de una araña? ¿Ha visto el infructuoso batir de alas?, ¿ese estertor agónico? ¿Ha visto el epiléptico asirse a la vida de un bicho que acaso tiene alguna noción de lo que es la vida?"
¿Puede por lo menos imaginarlo?”
Entonces, quizá, pueda acercarse a las fronteras del planeta acorralado que era su pupila en aquel momento: el espejo quebrado ante una imagen que ni siquiera puede ser nombrada porque no existe idioma, lengua o dialecto que incluya una palabra adecuada para definirla.”
Porque es más que una percepción, más que una visión, más que una confirmación. Es la nada en el todo. Un pozo profundo e insondable. Una montaña alta e inescalable. Es… no sé qué es.”
¿Podría usted decírmelo? ¿Podría explicármelo?”
Ahora que se desvanece entre mis pensamientos, ¿podría decirme adónde va lo innombrable?”.


El interrogador salió de su asombro y le encaró, exigiéndole claridad; el tiempo apremiaba. Tras cinco horas de infructuosos intentos, ya no podía darse el lujo de titubear. Asió al hombre de su cabello y le tiró la cabeza hacia atrás, conminándole a decir la verdad, o si no…

¿O si no qué?... ¿Qué?”
¿Ha visto una mariposa nocturna zigzagueando hacia la titilante luz de una candela para morir carbonizada?”
Su pupila permanece. Un obturador abierto que ha velado todo el rollo fotográfico…”

El interrogador le golpeó con fuerza. La nariz del hombre crujió y la sangre escurrió generosa.

Je, je… Usted insiste. Yo se lo he advertido…”
El hombre le susurró la verdad sobre los acontecimientos de los últimos seis días.
El interrogador escuchó estupefacto, extático.
Soltó al hombre y retrocedió asustado.
Trastabilló y cayó sentado. Temblaba incontrolado.

 Vio el trozo de papel garrapateado por aquella extraña mujer. Vio los garabatos trazados… ¡Lo entendía!, ¡lo entendía!

Úselo, dijo ella.
Lo usaría.

¿Qué podía ser peor tras cinco horas de infructuosos intentos, tras los acontecimientos de los últimos seis días?


domingo, 4 de enero de 2015

Carta

Escrito por: Lisandro Cione.

12 de Agosto de 1993.

     A mi querido amigo Andrés Villalba.

     Uno no siempre dice lo que pasa por su cabeza, las cosas que se piensan en momentos de desesperación o esos sueños oscuros y retorcidos por medio de los cuales nuestro subconsciente nos habla sin hablarnos. Es normal. Son esas pequeñas cosas íntimas que uno no pueden compartir con una madre, con un amigo o incluso con una pareja. Son esas pequeñas cosas íntimas que uno debe reservarse para sí mismo por su bien y el de los demás. Pero lo cierto es que desde hace tiempo algo viene atormentándome y no puedo guardarlo más. Necesito sacarlo de adentro mío, necesito decírselo a alguien y por eso te escribo estas líneas, porque a pesar de todo sos la única persona en quien puedo confiar.

     Lo cierto es que desde hace tiempo vengo teniendo sueños recurrentes. A veces sueño exactamente lo mismo, a veces son sueños distintos pero que encierran ciertas similitudes, ciertos patrones. A veces, por ejemplo, sueño que voy caminando hacia mi casa, de noche, y de pronto las luces de la calle se apagan. Una oscuridad asfixiante me rodea, apenas puedo ver mis pies. En ocasiones se oyen gritos a la distancia, gritos desgarradores, de dolor, de angustia, gritos míos. ¿Pero cómo pueden ser míos si yo estoy allí, sin saber que hacer, apenas con una mínima idea de donde estoy parado? Usualmente no tengo tiempo de hacerme esa pregunta en el sueño porque siento la necesidad de correr y correr, correr sin rumbo alguno, correr con todas mis fuerzas, con mi último aliento, correr para escapar de algo o alguien que jamás puedo ver, cuyo rostro, cuya figura jamás alcanzo a vislumbrar pero siempre sé que está allí, sé que siempre estuvo allí, detrás mío, acechándome, siguiendo mis pasos, respirándome en la nuca. ¿Será un monstruo? ¿Será una persona? ¿Será alguien que yo conozco? ¿Un amigo? ¿Un familiar? ¿Un amor? No lo sé, solo sé que debo huir sin mirar atrás, solo sé que debo escapar sin importar lo que ocurra. ¿Pero lo logro? No. Jamás lo logro. Siempre despierto antes de saber si mi desesperado escape tuvo resultado. Otras veces no puedo, correr, otras veces simplemente me quedo tieso apenas se apagan las luces. Me quedo atónito, inmóvil, sabiendo que esa presencia se acerca cada vez más y más pero no puedo hacer nada. O quizás no quiero. Quizás simplemente quiero dejar que me atrape, que me consuma, que acabe con esa incertidumbre, con ese sufrimiento. Que acabe con todo mi dolor de una buena vez.

     Hay ocasiones, sin embargo, en las que el escenario cambia pero la historia es la misma. Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en esto es un sueño bastante reciente que tuve. Recuerdo que una tarde llegué a mi casa muy cansado, agobiado por problemas. Nada grave, problemas cotidianos. Problemas de estudio, problemas de pareja. Problemas comunes, pero que te hacen pensar. Abrí la puerta, dejé mis bolso a un costado y me recosté. Solo quería dormir para no pensar. Era un frío día de invierno por lo que naturalmente encendí la estufa y me tapé hasta la cabeza. Y dormí. Dormí por horas. Cuando me desperté ya era de noche. Pero me desperté transpirado, sumamente angustiado, me desperté más cansado y más deprimido de lo que estaba unas cuantas horas antes. Había soñado, justamente, que me despertaba de mi siesta pero el panorama con el que me encontraba no era para nada similar al que recordaba. Todo a mi alrededor estaba destrozado. La estufa, quemada. El empapelado de las paredes, caído y añejado. La pared, con manchas de humedad. Las puertas de madera del placard, podridas. Basura, mugre y telarañas por todos lados. Y mi cama... Mi cama estaba hecha pedazos. Destruída hasta la última astilla. Mis sábanas hechas trizas, el colchón igual. El piso estaba mojado, pero no era agua. Era... Baba. Y ahí es cuando todo se pone aún peor. Comienzo a mirar la habitación en detalle y había marcas por todos lados. Golpes feroces, marcas de garras, marcas de dientes. Dientes enormes. Y ahí es cuando lo sentí de nuevo. Sentí algo detrás mío. Sentí algo colgando de mi espalda. Algo que me tiraba para atrás, algo que se aferraba a mí como si jamás fuera a soltarme. Algo que no me dejaría vivir en paz, algo que estaría conmigo por siempre. Algo que no me dejaba moverme, algo que simplemente me detenía, algo que no me permitía avanzar. Algo que me convertía en un prisionero.

     Y lo mismo se repite una y otra y otra y otra y otra vez. Algunas veces corro por un bosque, siento que muchos ojos me observan, otras escapo en un auto a toda velocidad para darme cuenta que no sé manejar. Otras simplemente me rindo y dejo que mis demonios hagan de mí lo que más quieran. ¿Pero sabés qué? Pensando mucho llegué a la conclusión de que no son demonios. No son personas. No es un amigo. No es un familiar. No es un amigo. Es la vida misma. O, más bien, son mis miedos y mis incertidumbres respecto a la vida. Respecto al futuro. Eso que no podemos ver, eso que no podemos anticipar, eso que siempre está al acecho, que no tiene forma. Eso que está pero no está. Muchos ven al futuro como algo que se encuentra delante suyo, como algo que está por llegar, pero yo lo siento detrás mío. Lo siento persiguiéndome constantemente, lo siento torturándome, lo siento asustándome. Quizás sea normal, quizás no. Lo cierto es que el futuro es incierto y eso asusta. Da miedo saber que en cualquier momento puede ocurrir algo para lo que no estás preparado. Es natural, pero ese es el problema. Quiero estar preparado. Quiero que todo salga bien. Quiero poder alejarme de la gente que me hace mal, irme lejos y vivir una vida plena con la única persona en el mundo que me hace feliz. ¿Pero podré lograrlo? No lo sé, y eso me asusta. Me aterra. Eso me congela la sangre, me revota día a día en la cabeza, me hace sentir un miedo tan profundo que ni sabía que existía y que no sé si podré enfrentar.

     Como dije, esto es algo que no puedo compartir con nadie más que conmigo mismo. Por eso te lo estoy contando a vos, porque yo soy vos, porque vos sos yo. Porque somos uno.

Tu querido amigo, Andrés Villalba.